El reflejo de succión del bebé: su función en la lactancia y la oralidad, a qué edad evoluciona y qué puede señalar su persistencia o inmadurez.
Antes incluso de nacer, tu bebé ya practica la succión. Es uno de los automatismos más antiguos de la vida y dice mucho sobre la maduración de su sistema nervioso.
Hola a ti, profesional del movimiento,
El reflejo de succión es tan evidente que olvidamos lo sofisticado que es. Succionar es coordinar la boca, la lengua, la respiración y la deglución, todo sin pensarlo, desde los primeros minutos de vida. También es un marcador valioso de la maduración del sistema nervioso y el primer ladrillo de lo que llamamos oralidad. Vamos a ver su función, su calendario y lo que dice su calidad.
El reflejo de succión es un reflejo arcaico que se desencadena por una estimulación táctil de la boca: un contacto en los labios, la lengua o el paladar provoca un movimiento de succión rítmico. Es un automatismo dirigido por el tronco encefálico, que pone en juego varios nervios craneales para coordinar los músculos de la boca y de la lengua. El bebé no aprende a succionar, ya sabe.
Y lo sabe muy pronto. Ya a mitad del embarazo, el feto se lleva el pulgar a la boca y practica, algo que a veces se ve en la ecografía. Al nacer, el reflejo está maduro en el bebé nacido a término y es más discreto en el prematuro, cuya coordinación succión-deglución-respiración se establece de forma más progresiva. De hecho, es uno de los reflejos clave que se comprueban para evaluar la madurez neurológica de un recién nacido. Pero succionar no siempre significa tener hambre.
Aquí va una distinción útil para cualquier madre o padre. Está la succión nutritiva, la que sirve para alimentarse: el bebé succiona de forma amplia y regular y, sobre todo, deglute, se le oye tragar. Y está la succión no nutritiva, el «chupeteo»: movimientos más rápidos y superficiales, con poca deglución, que sirven para el consuelo, la calma y el adormecimiento más que para comer.
Esta segunda función no es un capricho. La succión no nutritiva ayuda al bebé a regularse, a calmarse, e incluso tiene un efecto tranquilizador documentado durante pequeños gestos incómodos. Eso explica el atractivo del pulgar y del chupete. Ninguno de estos medios, pulgar, chupete o pecho, es universalmente mejor: depende del bebé y del contexto, y a menudo conviene esperar a que la lactancia esté bien establecida antes de introducir un chupete. Distinguir estas dos succiones ayuda a responder a la verdadera pregunta: ¿este bebé tiene hambre o busca tranquilizarse?
El reflejo de succión no desaparece de golpe, evoluciona. En los primeros meses, el automatismo reflejo cede paso poco a poco a una succión voluntaria, controlada, casi siempre entre los tres y los seis meses. El bebé ya no succiona porque se le tocan los labios, succiona porque lo decide. La necesidad de succión, en cambio, puede seguir presente más tiempo, y es normal: se puede acompañar su disminución con suavidad a partir del año aproximadamente.
Como con los demás reflejos, lo que importa es la trayectoria. Una succión ausente, débil o claramente asimétrica en el recién nacido merece una valoración, porque puede reflejar una inmadurez o una dificultad para explorar. En el otro extremo, una succión refleja que siguiera muy presente mucho más allá de sus referencias puede interferir con la llegada de los trozos, la masticación y, más adelante, ciertos aspectos del habla. Lo que nos lleva a lo que se juega de verdad detrás de este reflejo.
La esfera oral es uno de los primerísimos lugares donde el cuerpo aprende a vincular una sensación con un movimiento preciso y coordinado. La succión, junto con el hociqueo y la deglución, forma un verdadero taller sensoriomotor, que funciona a pleno rendimiento mucho antes de que el niño se siente. Lo que se conecta ahí, la finura del control de la lengua, la coordinación con la respiración, el diálogo entre el tacto y el gesto, sienta unas bases que van mucho más allá de la toma del pecho.
Por eso nos interesa. Cuando la succión es inmadura o un reflejo oral se prolonga, no lo vemos como un problema aislado, sino como un indicador de cómo se organizó ese primer bucle sensoriomotor. La lógica es siempre la misma: leemos la entrada que el reflejo revela, aquí el tacto de la boca y su coordinación, y acompañamos esa entrada. Es la clave de lectura que conecta un reflejo de succión con el desarrollo global del niño.
Es un reflejo arcaico: una estimulación de los labios, la lengua o el paladar desencadena una succión rítmica, coordinada por el tronco encefálico. Permite alimentarse y, en su versión no nutritiva, consolarse y calmarse.
El automatismo reflejo deja paso a una succión voluntaria casi siempre entre los tres y los seis meses. La necesidad de succión puede seguir presente más tiempo, lo cual es normal, y se acompaña con suavidad a partir del año aproximadamente.
Observa la deglución: una succión nutritiva es amplia, regular, con tragos audibles; una succión no nutritiva es más rápida, superficial, con poca deglución. La primera alimenta, la segunda consuela.
Ninguno es universalmente mejor, depende del bebé. A menudo es preferible esperar a que la lactancia esté bien establecida antes de introducir un chupete, para evitar la confusión pecho-tetina.
Una succión ausente, débil o asimétrica en el recién nacido, o una dificultad persistente para succionar, merecen la opinión de un profesional, asesora de lactancia, pediatra o logopeda según el caso. Es un marcador importante de la maduración neurológica.
Por el equipo LabO RNP
La succión no es más que una puerta de entrada a la esfera oral. Sitúala entre todos los reflejos arcaicos, y aprende la lectura sensoriomotriz que los conecta en la formación RNP.
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