El reflejo de marcha automática del recién nacido: por qué el bebé da pasos, a qué edad desaparece y su vínculo con el desarrollo de la marcha.
Publicado el 30 de octubre de 2025
Sostén a un recién nacido de pie, con los pies apoyados, y esbozará unos pasos. Espectacular, y lleno de ideas equivocadas. La más persistente: creer que este reflejo desaparece.
Hola a ti, profesional del movimiento,
Es uno de los reflejos que más fascina a los padres: sostienes al bebé en vertical, sus pies tocan una superficie y empieza a hacer movimientos de marcha, como si ya supiera. Se llama reflejo de marcha automática. A su alrededor circulan muchos atajos, uno especialmente difícil de erradicar sobre su famosa desaparición. Vamos a aclarar las cosas y, de paso, formalizar algo que la mayoría de las páginas olvida.
El reflejo de marcha automática es un reflejo arcaico que se desencadena cuando se reúnen dos condiciones: la verticalización del bebé y el contacto de la planta de los pies con una superficie. Cuando se le sostiene de pie por las axilas, con los pies apoyados, alterna movimientos de piernas que se parecen a pasos. Es involuntario, gobernado por los niveles inferiores del sistema nervioso, sin decisión consciente.
Evidentemente no se trata de una marcha real, el bebé no tiene ni el equilibrio ni la fuerza para sostenerse. Es un patrón locomotor primitivo, un esbozo de la organización rítmica y cruzada de los miembros inferiores. Por eso es también uno de los reflejos que se observan para comprobar la madurez del tronco cerebral y de las vías de control. La verdadera pregunta, la que todo el mundo se hace, es qué ocurre con él después.
Esto es algo que pocos artículos formalizan y que, sin embargo, es uno de los resultados más elegantes de la ciencia del desarrollo. Por todas partes se lee que el reflejo de marcha automática «desaparece» en las primeras semanas, a menudo hacia el segundo mes. En apariencia, sí. En realidad, los trabajos de la investigadora Esther Thelen (Thelen y Fisher, 1982) demostraron que no se borra de verdad: queda enmascarado.
La explicación está en el crecimiento del bebé. En sus primeras semanas, las piernas ganan masa rápidamente y se vuelven demasiado pesadas para que el patrón de pasos siga siendo visible cuando se le sostiene de pie. La prueba más clara: si se sumergen las piernas del mismo bebé en el agua, que aligera su peso, los movimientos de marcha reaparecen. El programa seguía ahí, era la mecánica del cuerpo la que lo ocultaba. Este matiz lo cambia todo, porque sustituye la imagen de un reflejo que se apaga por la de un sistema en interacción permanente con las restricciones del cuerpo. Queda por saber cómo este esbozo se conecta con la marcha real.
La intuición resulta seductora: el paso automático del recién nacido prepararía directamente la marcha autónoma del final del primer año. Es en parte cierto, en parte una simplificación. Lo que este reflejo pone en marcha son ladrillos de la locomoción: la alternancia rítmica de las piernas, el apoyo plantar como disparador, la coordinación cruzada entre los lados. Esos ladrillos servirán, pero la marcha voluntaria es una construcción mucho más amplia, que depende del equilibrio, de la fuerza, del control del tronco y de las ganas de explorar.
Dicho de otro modo, el paso reflejo es una de las preparaciones de la marcha, entre otras. Presentar un vínculo directo y mecánico entre ambos sería abusivo. Eso no impide actuar de forma inteligente sobre el entorno del bebé para apoyar, de manera global, su desarrollo motor. Ahí es donde podemos ser útiles sin prometer demasiado.
El desarrollo locomotor de un bebé no necesita material sofisticado, necesita movimiento libre. Dejarlo descalzo lo más a menudo posible nutre la sensorialidad de la planta, justamente ese sensor que dispara el paso. El tiempo pasado en el suelo, gateando, empujando con los pies, salvando pequeños obstáculos, construye la coordinación mucho mejor que cualquier ejercicio forzado. Variar las superficies, alfombra, espuma, hierba, enriquece la información que sube desde el pie.
Al contrario, hay un punto de consenso del lado de la prudencia: los andadores y tacatás están desaconsejados. Primero por una razón de seguridad, son una causa reconocida de accidentes, y también porque colocan al niño en una postura y un apoyo que no se corresponden con la marcha real. La idea de que «bloquean la integración» de un reflejo es una formulación de profesional más que un hecho demostrado, pero el consejo de evitarlos sí que es sólido. Y todo esto se inscribe en una lógica más amplia, la nuestra.
Nuestra lectura coincide con lo que dice la ciencia del desarrollo: la locomoción no se aprende sosteniendo al bebé de pie, se cablea desde abajo, en el suelo, mediante la exploración sensoriomotora. El reflejo de marcha automática es solo uno de los indicios de ese proceso, la señal de que los circuitos del ritmo y del apoyo están en su sitio. Cuando leemos a un niño o a un adulto, lo que nos interesa es la calidad de esa organización locomotora (el apoyo del pie, el ritmo cruzado, la disponibilidad del tronco), más que el reflejo en sí mismo.
Es la misma lógica que para el resto del cuerpo. Leemos una salida, aquí la marcha y el apoyo, y remontamos hasta las entradas sensoriales que la nutren, empezando por el pie. La marcha no se corrige caminando más, se reconstruye devolviendo al pie y al suelo su diálogo. Es la clave de lectura que conecta el primer paso reflejo del recién nacido con la zancada del adulto.
Es un reflejo arcaico: sostenido de pie, con los pies en contacto con una superficie, el recién nacido esboza movimientos de paso. Es un patrón locomotor primitivo e involuntario, no una marcha real.
Deja de ser visible en las primeras semanas, a menudo hacia el segundo mes. Pero no desaparece de verdad: los trabajos de Esther Thelen demostraron que queda enmascarado por el aumento de peso de las piernas, y que reaparece si se aligeran estas en el agua.
Pone en marcha algunos ladrillos de la locomoción, como el ritmo alterno y el apoyo plantar, pero la marcha voluntaria también depende del equilibrio, de la fuerza y del control del tronco. El vínculo existe, sin ser directo ni mecánico.
No, están desaconsejados, primero por razones de seguridad, y porque colocan al niño en un apoyo alejado de la marcha real. El mejor apoyo sigue siendo el movimiento libre en el suelo, descalzo, sobre superficies variadas.
Una respuesta claramente ausente o asimétrica en el recién nacido merece la opinión de un profesional, ya que este reflejo es un indicador de buen funcionamiento neurológico. La interpretación corresponde a un clínico.
Por el equipo LabO RNP
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