Explora los reflejos arcaicos con Adrien Malfroy y descubre cómo influyen en nuestra conciencia de los límites personales y la gestión de las emociones.
Hola a todos y bienvenidos a este nuevo episodio de 1/4 H Neuro, un programa dedicado a la exploración de los misterios de nuestro cerebro y nuestro cuerpo. Hoy, nuestro invitado, Adrien Malfroy, osteópata de formación y especialista en reflejos arcaicos, nos invita a reflexionar sobre un tema fundamental: ¿tenemos realmente conciencia de nuestros propios límites?
Adrien, con trece años de experiencia en osteopatía y más de cinco años de práctica en reflejos arcaicos, nos iluminará sobre cómo estos reflejos, profundamente arraigados en nuestro tronco encefálico, influyen en nuestra cognición, nuestra postura, nuestro sueño, nuestra digestión, pero sobre todo, en nuestras emociones. Lejos de ser simples reacciones físicas, son herramientas esenciales para entender nuestras reacciones ante el peligro, la invasión, y nuestra capacidad de acoger lo que es bueno para nosotros. Juntos, exploraremos cómo la toma de conciencia y el trabajo sobre estos reflejos pueden ayudarnos a redefinir nuestros límites internos y externos, transformando así nuestra percepción del mundo y nuestra forma de vivir.
Mi interés por los reflejos arcaicos nació de una sugerencia de mi hermana, quien vio un vínculo evidente con mi profesión de osteópata. Al principio, era escéptico, pero después de profundizar en el tema, rápidamente me convencí de la complementariedad de este enfoque con la osteopatía. Era como si hubiera abierto una nueva caja de herramientas, que ha trascendido mi práctica y me ha permitido sentirme más completo en la ayuda que puedo brindar a mis pacientes. Estos reflejos, que residen en el tronco encefálico, no solo gestionan lo emocional o la postura; afectan a la cognición, el sueño, la digestión y todas las funciones autónomas.
La pregunta central que abordamos es la conciencia de nuestros propios límites. ¿Somos conscientes de nuestros límites intrínsecos, relacionados con la propia existencia de nuestro cuerpo y nuestra identidad? ¿O es la dificultad para definir estos límites lo que constituye el verdadero desafío? No somos seres ilimitados; nuestras capacidades para comunicarnos, defendernos y ocupar nuestro lugar están sujetas a restricciones que son propias de cada uno. La reflexión gira entonces en torno al descubrimiento de nuestras aptitudes aún inexploradas y de cómo interactuamos con nuestro entorno.
Abordamos especialmente el reflejo de caída, a menudo percibido como una simple protección física. Este reflejo, crucial para evitar lesiones, es en realidad doble. Se manifiesta a través de la capacidad de defenderse ante los peligros, pero también por la capacidad de acoger lo que es bueno para uno mismo. Trabajar en este reflejo permite una transformación profunda, que requiere una toma de conciencia activa por parte del paciente. En consulta, esto se traduce en la reapropriación de situaciones pasadas en las que la defensa era imposible, permitiendo expresar emociones reprimidas y reforzar la determinación de no permitir lo que es inaceptable.
Recuerdo un joven paciente de quinto grado, un niño muy empático y sensible, que estaba viviendo una situación escolar difícil. Se sintió impotente frente a un amigo acosado y se sentía culpable por no haber sabido defenderlo. Al trabajar en el reflejo de caída, exploramos su capacidad para resistir no a través de la violencia, sino mediante la determinación. El ejercicio consistía en sentir cómo, con el simple contacto de la mano, podía expresar una fuerza interior, una capacidad para decir que no. Sus ojos se iluminaron de comprensión: se dio cuenta de que poseía recursos insospechados para defenderse y proteger a los demás. No es la violencia lo que está en juego, sino la determinación de establecer límites y no tolerar una situación indeseable.
El reflejo de caída está íntimamente relacionado con la capacidad de definir su espacio personal. Se trata de saber poner a distancia lo que no se permite, y de acoger lo que nos beneficia. Esta noción es aún más delicada cuando se asocia con reflejos como el de parálisis por el miedo. Algunos pueden sentirse invadidos por todo lo que sucede en su vida, como si no tuvieran nada que defender, sin límites definidos. Otros, como a veces ocurre en el espectro autista, pueden no percibir estos límites, dejando que su entorno se introduzca sin filtro, careciendo de esta capacidad innata para rechazar.
En contextos más dolorosos, como los problemas relacionados con abusos, la parálisis es una reacción frecuente y a menudo una estrategia de supervivencia, especialmente en el niño que no tiene los medios físicos para defenderse. Esta parálisis puede desafortunadamente llevar a una culpa en las víctimas años más tarde. Mi papel es ayudar a estas personas a reapropiarse de su pasado, no para cambiarlo, sino para cambiar la forma en que se considera. La emoción, por su origen etimológico, está vinculada al movimiento. Se trata de comprender qué movimiento no se pudo realizar en su momento y reconstruirlo hoy. La ira, la tristeza, el miedo, son emociones legítimas. Es crucial no transformarlas en violencia, sino identificarlas para restablecer la capacidad de rechazar, de defenderse, sin que el miedo prevalezca. La parálisis es un primer paso de análisis que, una vez revisitado, puede llevar a una acción de sumisión, ataque o huida constructiva.
Más allá de la capacidad de rechazar, es esencial aprender a acoger lo que es bueno para uno mismo. Esto implica construir un entorno seguro y reconfortante, donde se pueda florecer y amarse. En osteopatía, la calidad del tacto, la forma en que el paciente acoge el contacto físico, son indicadores valiosos de su capacidad para recibir, para permitir. Las historias de los pacientes a menudo se revelan con el tiempo, a medida que las resistencias emocionales se disipan. Los terapeutas manuales, ya sean osteópatas o fisioterapeutas, juegan un papel clave en este proceso, desbloqueando aspectos emocionales inconscientes, incluso si el paciente acude inicialmente por dolores físicos.
Aunque los pacientes rara vez vienen por problemas emocionales, una parte significativa de estas problemáticas reside en los balances. A menudo, ni siquiera son conscientes del impacto que sus emociones tienen en su salud. Para mí, es delicado hablar de inconsciencia, ya que una parte de nuestro ser sabe, aunque no sea plenamente accesible. El hipocampo, por ejemplo, órgano de la memoria, recuerda todo, desde traumas hasta experiencias positivas. Estos recuerdos, ya sean conscientes o no, crean automatismos de reacción, que no siempre son acertados. Por ejemplo, una asociación pasada entre ira y violencia puede obstaculizar la expresión saludable de esta emoción en la adultez. Además, el ejemplo dado por los padres, más que sus palabras, forja nuestra percepción y nuestras reacciones. La evolución es posible y pasa por la redefinición de estos límites, no en el sentido de una restricción, sino de un marco seguro en el que podemos florecer.
Lo esencial no es delimitarse, sino descubrir sus límites para apreciarlos mejor. Así como un niño necesita límites para construirse, nosotros necesitamos reconocer los nuestros para sentirnos seguros y capaces de acoger o defendernos. Es una oportunidad para vivir de otra manera, para percibir la vida de manera diferente, gracias a una reapropiación de nuestras reacciones reflejas. El cuerpo, por su complejidad y su memoria, es una guía valiosa para esta exploración.
Adrien Malfroy también comparte la existencia de un podcast titulado "El Te Time de Adrien y Sophie", donde aborda estas cuestiones emocionales a través de intercambios con pacientes. Finalmente, prefiere hacer preguntas en lugar de dar consejos, considerando que la pregunta adecuada en el momento justo puede abrir caminos de reflexión y evolución insospechados para cada uno. Para encontrar a Adrien, puedes buscarlo en Instagram bajo el nombre de @malfroyosteopathe.
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